Mi nombre es Caro Venegas

Desde que tengo uso de razón, he sentido un deber como persona en ayudar y evitar el sufrimiento de los animales. Cuando pequeña, esto me llevó a tener un kinder para arañas, para asegurarme que siempre tuvieran moscas para comer y nadie las matara (para la desgracia del jardín de mi mamá, que se convirtió rápidamente en un penthouse de telarañas) a pelearme con los vecinos si veía que no tenían a sus perros bajo mis estándares de calidad, que debía incluir agua fresca, comida disponible todo el día y una cama adornada con juguetes como mínimo, y a considerar como parte de mí a mi mascota.  

Sin embargo, nunca pensé en el tema de los otros animales, ya sabes cuales, las vacas, cerdos, pollos y demás, porque ellos naturalmente eran comida. No fue sino hasta un trabajo en la universidad, por ahí del 2002, que hablando con un monje Hare Krishna entendí que “esa comida” también eran seres vivos, y que por mi decisión de consumir carne estaban siendo torturados y asesinados solo para que pudieran terminar en mi plato. Basta decir que salí de esa reunión con la firme convicción de nunca más volver a consumir ningún tipo de carne. Y fue así como adopté una dieta vegetariana.

Seis años después, en una conversación con amigos, por primera vez entendí cómo es que se obtiene la leche. Yo hasta ese momento, estúpidamente (realmente no tengo otra palabra para describirlo) pensaba que las vacas producían leche porque sí, como quien dice por pasatiempo. Nunca me había molestado en averiguar como realmente un mamífero produce leche, hasta que me dijeron que así como una mamá produce leche cuando da a luz para alimentar a su hijo, así las vacas producen leche, para sus terneros. “Cómo, pero entonces si la leche que era para el ternero nos la tomamos nosotros, ¿qué pasa con el ternero?” Pues nada, que termina siendo carne si es macho, si es hembra probablemente la dejen vivir para que sea vaca lechera. Y cuando ya la vaca no da más leche, al matadero. Fácil, ¿no? Si, fácil fue esta segunda decisión, de sacar de mi dieta los lácteos y sus derivados, lo mismo que el huevo. Y fue así como en el 2008 adopté un estilo de vida vegano.

Esto me llevó a descubrir la cocina vegana. Y, sobre todas las cosas, la repostería vegana, que señoras y señores, es otra historia por completo. Mis primeros “queques” parecían no pertenecer ni al reino animal, vegetal o mineral. Las combinaciones de proteínas y carbohidratos estaban totalmente al revés. Muchas veces pensé en que era muy difícil, y ciertamente lo es, si estás acostumbrado a comer lo primero que se te pone en frente y a nunca preocuparte si estás balanceando bien tus platillos. Ser vegano requiere disciplina, compromiso y orden para priorizar tus comidas por encima de todo lo demás. Pero con el tiempo lo logré. Mis queques no solo llegaron a parecer comida, sino que aprendí a hacer diferentes tipos, a usar harina integral y de garbanzo, y a darle sabor con frutas en vez de ingredientes artificiales. Aprendí a hacer arroz integral, quinoa, a comer semillas como almendras y maní, y a incluir vegetales verdes en todas mis comidas. El mundo de la cocina vegana es de lo más interesante y apasionante que hay. Pero también puede parecer muy complicado.

Yo estoy acá para decirte que no lo es. Y mis recetas, desde mi cocina común y corriente como la tuya,  lo demuestran. Los ingredientes que verás en mis recetas son del supermercado. Lo más sofisticado que necesitarás es una batidora y un procesador de alimentos. Quiero quitar de tu cabeza que para cocinar vegano se necesita ser un chef especializado. Lo que sí quiero, y deseo de todo corazón, es lograr emocionarte con la cocina vegana tanto como yo, y que un universo de sabores y posibilidades se te abran para que nunca mas sintás la necesidad de volver a usar ingredientes de origen animal.

Y bueno, ahora sí, ¡a la cocina! ♥ ♥ ♥